27 ago 2008
Para que sepas que no estoy de acuerdo
12:50 a.m. | Berrinche de
Mínima |
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1 ago 2008
Malament
7:15 p.m. | Berrinche de
Mínima |
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Las chicas de mi barrio llevan
El sol en la cintura
Nos hizo quemaduras
Aquella libertad
Los chicos de la esquina me preguntan
Si yo camino sola
Si necesito ayuda
O si soy nueva en la ciudad
Y yo sigo a mi bola
El sol en la cintura
Nos hizo quemaduras
Aquella libertad
Los chicos de la esquina me preguntan
Si yo camino sola
Si necesito ayuda
O si soy nueva en la ciudad
Y yo sigo a mi bola
Cada uno tiene su característica vergonzosa. En mi caso es una tontería, algo que no es difícil de remediar, pero que ya es parte de mí. No se andar en bicicleta. Así de simple. Nunca aprendí.
Recuerdo bien a mi padre, tratando de convencerme, en una plaza repleta de niños en dos ruedas. “Todos saben andar, sos la única boluda que no está andando en bicicleta”, me decía, con su siempre dulce pedagogía.
Sin embargo, los dos sabíamos que esa era la peor manera de persuadirme. Nunca quise hacer lo que hacían los otros. Es curioso, toda mi niñez me esforcé en diferenciarme, me creía tan especial, qué pelotuda. Cuando en mi adolescencia me aburrí de no encajar, me dediqué a ajustarme, a mezclarme, a pertenecer. Cuando estaba en la secundaria trataba de esconderlo, pero tarde o temprano alguien se enteraba de mi incapacidad y ahí empezaban las burlas. Lamentablemente, en mis treinta he vuelto a los orígenes. Soy especial y pelotuda.
Vivo a una cuadra del mar, en una casa de ambientes amplios, de maderas oscuras, de puertas amarillas. De fríos intensos, de humedad sin tregua, de caca de gato en la entrada.
Vivir tan cerca de la playa es encantador, los atardeceres son majestuosos y desde mi balcón no veo otros edificios, sólo me rodean horizontes de sal. Claro, eso es en verano. Porque en invierno, cuando tomo el bus sobre el Passeig Maritim a las 7 de mañana para ir a trabajar, me congelo hasta los dedos chiquitos de los pies. En esos momentos odio la playa, el mar, la arena y el puto momento en que se me ocurrió vivir a miles de kilómetros de mi patria.
Cuando vuelvo del curro es otra cosa, el sol de las 5 de la tarde me calienta la espalda mientras cae sobre la montaña que se levanta detrás de Port Ginesta. La vida es hermosa de nuevo y me siento orgullosa de haber tenido el valor de dejarlo todo para vivir rodeada de Catalanes y acurrucada por mi familia de dos integrantes.
Esta mañana me despierto tarde, como siempre. Son las 6:49 y el bus pasa por mi parada a las 7:05. Tengo 16 minutos para estar ahí. Hago pis. Me lavo la cara y los dientes. 6:53. Me visto. 6:57. Un poco de perfume. Me miro en el espejo. Llego a pintarme un poco? No, no llego. Qué ojeras mamita! 6:59. Agarro un actimel de la heladera, lo tiro adentro de la cartera. Dónde están las llaves? 7:02. Salgo, cierro la puerta del departamento, después la de la comunidad. 7:04. Desde la esquina veo al L94 a una cuadra de la parada. Corro desesperada, cruzo la calle sin mirar, total a esta hora no pasa nadie. Y Pum! Un golpe terrible viene desde la izquierda. Siento que me precipito hacia la derecha pero antes de caer unos brazos me atrapan tan bruscamente que creo que hubiera sido mejor la caída. Quien me tiene abrazada me reta en catalán. “Malament, petita, malament”, me dice creyendo que entiendo algo. Fantaseo que me dice algo como: “Ah no, querida! Así vamos mal, te veo poca vida!”
Aturdida como estoy, miro a mi izquierda y entonces lo veo. Un viejo en bicicleta. Como puedo me separo de mi salvador. “Perdón, pierdo el bus”, le digo. Por su cara sospecho que él tampoco me entiende.
Ya calentita en el primer asiento después de la puerta de salida del bus, me saco el tapado, me miro el brazo que me arde terriblemente y descubro las marcas de las manos de mi salvador. También me duele el tobillo y debajo de las costillas. Una señora me mira preocupada. “Estoy bien, no pasó nada”, le digo. Pero miento, estoy a punto de llorar. Me doy cuenta que todos los pasajeros vieron ese accidente ridículo y me muero de vergüenza.
Eso no es nada, me imagino la burla de mi papá: "Es el colmo de la boluda, que la atropelle una bicicleta!"
Recuerdo bien a mi padre, tratando de convencerme, en una plaza repleta de niños en dos ruedas. “Todos saben andar, sos la única boluda que no está andando en bicicleta”, me decía, con su siempre dulce pedagogía.
Sin embargo, los dos sabíamos que esa era la peor manera de persuadirme. Nunca quise hacer lo que hacían los otros. Es curioso, toda mi niñez me esforcé en diferenciarme, me creía tan especial, qué pelotuda. Cuando en mi adolescencia me aburrí de no encajar, me dediqué a ajustarme, a mezclarme, a pertenecer. Cuando estaba en la secundaria trataba de esconderlo, pero tarde o temprano alguien se enteraba de mi incapacidad y ahí empezaban las burlas. Lamentablemente, en mis treinta he vuelto a los orígenes. Soy especial y pelotuda.
Vivo a una cuadra del mar, en una casa de ambientes amplios, de maderas oscuras, de puertas amarillas. De fríos intensos, de humedad sin tregua, de caca de gato en la entrada.
Vivir tan cerca de la playa es encantador, los atardeceres son majestuosos y desde mi balcón no veo otros edificios, sólo me rodean horizontes de sal. Claro, eso es en verano. Porque en invierno, cuando tomo el bus sobre el Passeig Maritim a las 7 de mañana para ir a trabajar, me congelo hasta los dedos chiquitos de los pies. En esos momentos odio la playa, el mar, la arena y el puto momento en que se me ocurrió vivir a miles de kilómetros de mi patria.
Cuando vuelvo del curro es otra cosa, el sol de las 5 de la tarde me calienta la espalda mientras cae sobre la montaña que se levanta detrás de Port Ginesta. La vida es hermosa de nuevo y me siento orgullosa de haber tenido el valor de dejarlo todo para vivir rodeada de Catalanes y acurrucada por mi familia de dos integrantes.
Esta mañana me despierto tarde, como siempre. Son las 6:49 y el bus pasa por mi parada a las 7:05. Tengo 16 minutos para estar ahí. Hago pis. Me lavo la cara y los dientes. 6:53. Me visto. 6:57. Un poco de perfume. Me miro en el espejo. Llego a pintarme un poco? No, no llego. Qué ojeras mamita! 6:59. Agarro un actimel de la heladera, lo tiro adentro de la cartera. Dónde están las llaves? 7:02. Salgo, cierro la puerta del departamento, después la de la comunidad. 7:04. Desde la esquina veo al L94 a una cuadra de la parada. Corro desesperada, cruzo la calle sin mirar, total a esta hora no pasa nadie. Y Pum! Un golpe terrible viene desde la izquierda. Siento que me precipito hacia la derecha pero antes de caer unos brazos me atrapan tan bruscamente que creo que hubiera sido mejor la caída. Quien me tiene abrazada me reta en catalán. “Malament, petita, malament”, me dice creyendo que entiendo algo. Fantaseo que me dice algo como: “Ah no, querida! Así vamos mal, te veo poca vida!”
Aturdida como estoy, miro a mi izquierda y entonces lo veo. Un viejo en bicicleta. Como puedo me separo de mi salvador. “Perdón, pierdo el bus”, le digo. Por su cara sospecho que él tampoco me entiende.
Ya calentita en el primer asiento después de la puerta de salida del bus, me saco el tapado, me miro el brazo que me arde terriblemente y descubro las marcas de las manos de mi salvador. También me duele el tobillo y debajo de las costillas. Una señora me mira preocupada. “Estoy bien, no pasó nada”, le digo. Pero miento, estoy a punto de llorar. Me doy cuenta que todos los pasajeros vieron ese accidente ridículo y me muero de vergüenza.
Eso no es nada, me imagino la burla de mi papá: "Es el colmo de la boluda, que la atropelle una bicicleta!"
Enero 2006.
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Soy inocente
A veces yo soy yo.
Y lo que digo es mi disfraz.
Todo lo que escribo en este blog puede no ser correcto, exacto, real o actual. Ante cualquier duda: niego todo, pido careo.
Y lo que digo es mi disfraz.
Todo lo que escribo en este blog puede no ser correcto, exacto, real o actual. Ante cualquier duda: niego todo, pido careo.
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Hablas de mi?
Heme aquí llegada a los 30 años y nada se aún de la existencia. Lo infantil tiende a morir ahora pero no por ello entro en la adultez definitiva. La idea ya no me parece tan imposible. Tampoco renunciar a ser un ser excepcional (aspiración que me hastía). Pero aceptar ser una mujer de 30 años… Me miro en el espejo y parezco una adolescente.
Muchas penas me serían ahorradas si aceptara la verdad.
A. Pizarnik
Muchas penas me serían ahorradas si aceptara la verdad.
A. Pizarnik
Lo dice Yoda...
Size matters not. Look at me. Judge me by my size, do you? Hmmmm?. And well you should not. For my ally in the Force. And a powerful ally it is. Life creates it, makes it grow. It’s energy surrounds us and binds us.
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- mínimo, ma. (Del sup. de pequeño; lat. minimus). 1. adj. Tan pequeño en su especie, que no lo hay menor ni igual.
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